Hoy, os invitamos a parar un momento para reflexionar sobre el producto o servicio que estáis ofreciendo o queréis ofrecer. ¿Os convence a vosotros mismos? ¿Os parece útil? ¿Lo adquiriríais? Si la respuesta a estas preguntas es negativa, os resultará mucho más difícil venderlo de manera competente. Habréis de encontrarle los atributos que se merece, los que pretendéis aportar a vuestros clientes, e introduciros en cuerpo y alma en la filosofía que envuelve aquello que brindáis a los demás. Así, exteriorizaréis a la perfección la necesidad hacia ello y facilitaréis el despertar de la voluntad de compra.

Si quizá no lo veis propiamente necesario o útil, cosa fácil puesto que hoy en día tenemos de todo a nuestro alcance, otra opción es considerar las implicaciones psicológicas que conlleva, es decir, el potencial emocional que desprende. En caso de ser capaz de enternecer, de suscitar emociones, de sorprender, de llamar la atención, ya supone un punto a favor para proveerlo con argumentos sólidos. Por tanto, a falta de provocar una necesidad imperiosa, ¿qué menos que, como mínimo, apelar a los sentidos?

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